Microsoft y la demolición de competidores como práctica frecuente

En los albores del siglo XXI la sociedad del conocimiento se halla inmersa en las redes de un paradigma avasallante de las libertades y valores compartidos. Ese mismo modelo ha socavado progresivamente el futuro de gran número de empresas cuyo único quebrantamiento supuso crear productos de mayor calidad. ¿De qué paradigma malévolo estamos hablando? No puede ser otro que el representado por el gigante de las comunicaciones Microsoft.

De un tiempo a esta parte algunos sectores no han escatimado esfuerzos en destacar el rol innovador  de la compañía estadounidense en la historia de la informática. Aunque parte del público en general asocia a Microsoft con el software de vanguardia y el modernismo, esto no deja de ser más que una verdad a medias. Muchos de ellos son propensos a dejar de lado el enorme costo de esas conquistas y el precio altísimo que tuvieron que pagar especialistas del más alto nivel y entidades con gran futuro Es imposible ocultar la serie de prácticas ilegales y monopólicas que ha acompañado al consorcio de Bill Gates a lo largo de toda su historia. Ya sea por ignorancia o falta de publicistas serios, la comunidad virtual se deja arrastrar por los artículos de la prensa no especializada que ha sucumbido a los cantos de sirena de Microsoft. Pero la experiencia y el acceso universal a la información permiten analizar los hechos tal cual se desarrollaron.

Los creadores de Microsoft debieron calcular los réditos que les daría someter a los consumidores obligándolos a comprar cada año actualizaciones de todos sus programas. Con toda razón se puede asegurar que son los propios usuarios quienes solventan las progresivas “mejoras” del producto. Lo inadmisible es constatar que la calidad de estos programas deja mucho que desear. Y es que los sistemas de Microsoft poseen tantos problemas (las actualizaciones forzosas, el pobre y vulnerable sistema de seguridad, la perdida de archivos ante eventuales yerros del usuario, etc.) que paralelamente se ha incrementado el número de programadores de virus y el desagrado de millones de usuarios.

Quienes desempeñan el triste rol de manipular la realidad esgrimiendo supuestas bondades técnicas del sistema operativo Windows se engañan a ellos mismos. Basta con recordar que el SO Windows Vista decide sin la autorización del usuario, instalar o desinstalar software o que programas pueden ejecutarse y cuáles no. A dicha estrategia se le conoce como computación confiable (Trusted Computing) que valga la redundancia no tiene nada de confiable.

Una de las páginas más oscuras de la historia corporativa de Microsoft recuerda las estrategias para demoler a empresas emergentes. El método más empleado para eliminar productos de la competencia se basa en el denominado “efecto sistema de red” que hace posible la modificación del sistema operativo para asegurarse que los productos de la competencia sean inestables o inútiles. En otras situaciones, Microsoft adquiere licencias para usar tecnologías en áreas donde no cuenta con experiencia, o a veces adquiere las empresas creadoras de dichas tecnologías, como fue el caso de Web TV. Otro ejemplo ilustrativo fue el de RealNetwork, que introdujo el popular Real Audio a través de la red. La empresa se negó a vender más del 10% del capital al gigante estadounidense, lo que dio pie a la respuesta inmediata de éste. Microsoft modificó el software para impedir que Real Audio funcione correctamente.

De otro lado, con cada nuevo programa vinculado a Windows, Microsoft elimina automáticamente a sus competidores, incluso si estos comercializan productos de alta calidad. La imposición de contratos de exclusividad injustos a sus socios de hardware contempla el compromiso de los fabricantes a vender Windows en cada computadora. A raíz de esta cultura corporativa apabullante algunas empresas se ven impedidas de adquirir software a precios competitivos y comercializar sus computadoras sin Windows incorporado.

Los ejecutivos de Redmond transforman las debilidades de sus programas en bienes indispensables. El público en general no juzga la calidad de los programas, solo confía en la publicidad, las revistas de computación y, finalmente, en una marca. Como lo señala el reconocido escolástico italiano Roberto Di Cosmo en uno de sus libros, “cuando Bill Gates viaja a foros internacionales, y se muestra con presidentes de otras empresas multinacionales, ministros y jefes de estado, el público confía en su marca. Cree que puede depositar su confianza en el empresario de software líder a nivel mundial, capaz de garantizar la calidad de sus productos. Pero esta garantía es realmente mínima, tal como se evidencia en el manual del usuario de Windows”.

Roberto di Cosmo

De hecho abundan expertos en computación con amplios conocimientos que bien podrían señalar los defectos, riesgos y manipulaciones de Microsoft, sin correr riesgo de ser descalificados como meros competidores celosos. Pero no lo hacen y esto es aprovechado por pseudoexpertos que contribuyen a la desinformación.  Sin embargo, en los últimos tiempos han aparecido periodistas comprometidos que dan crédito a la opinión de los científicos de prestigio.

Afortunadamente, hoy los usuarios cuentan con opciones alternativas a Microsoft. Para llegar a la situación actual mucho ha tenido que ver el desarrollo del software libre a nivel mundial. Mentes brillantes como las de Richard Stallman han ayudado en la consolidación de un engranaje tecnológico de código abierto cuyas potenciales ventajas están al servicio de todas las categorías de usuarios.

Mientras Microsoft busca expandir su doctrina excluyente hacia el mercado de los sistemas operativos, aplicaciones e Internet, el software de código abierto se consolida y gana adeptos en todos los rincones del planeta. Cuando la reputación de Microsoft en el sector escolástico está hecha pedazos, el bastión académico y muchos gobiernos acogen al software libre como bandera de su progreso tecnológico aportando fondos para la investigación.

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Acerca de belator1978

Periodista Internacional. Magíster con mención en Problemática Internacional. Especialista en conflictos armados y política exterior.
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